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La activación del mecanismo de los ERTE ha sido, sin duda, una medida muy positiva para la protección de las trabajadoras y los trabajadores jóvenes. Sin embargo, se calcula que un 40 % de la juventud protegida por ERTE durante el estado de alarma corre un grave riesgo de perder su empleo tras el fin de la medida, debido a la precariedad de su contrato o al carácter no esencial del sector en que trabaja.
Con salarios que apenas permiten sobrevivir, con contratos que no garantizan no volver a engrosar las filas del paro el mes que viene, con becas que no llegan y con poco o nulo apoyo institucional, es prácticamente imposible para la juventud hacer planes de futuro, programar sus estudios, acceder a una vivienda y construir, en definitiva, un proyecto de vida propio, alternativo a la precariedad asfixiante que las élites nos han impuesto. Si antes de la pandemia la incertidumbre ya iba ganando cada vez más peso en las expectativas de las personas más jóvenes, hoy en día vertebra por completo sus vidas y las de una gran parte de la población.
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